A mí me da miedo volar

Odio volar.
De verdad, le tengo pánico. Es algo que sorprende a aquéllos a los que se lo revelo, ya que quien me conoce sabe bien que soy un apasionado de los viajes y que siempre estoy saltando de país en país. Es que eso de que un mostrenco de metal vuele a once mil metros de altura sin caerse... Oye, pues me da miedo y respeto, qué quieres que te diga.

Así que cada vez que me dicen que tengo que ir a un aeropuerto para coger un avión y poder disfrutar de mi nuevo destino, me pongo a temblar. Entro en ese lugar lleno de gente que va de aquí para allá: unos se encargan de facturarte las maletas, cogerte los datos y decirte lo que puedes y lo que no puedes hacer. Otros te dicen lo que no puedes llevar encima, a pesar de que te encanta o supone algo importante para ti. Ahora vas hacia tu puerta de embarque. Y esperas... esperas... Mientras tu miedo te dibuja en la mente todo aquello que puede pasarle al avión mientras estás tú ahí dentro metido. Y finalmente accedes a la nave, despegas... Algunas veces el vuelo va genial. Otras es algo parecido a una pesadilla, me agarro al que tengo al lado (en una ocasión llegué a sujetarle la mano a la desconocida que tenía a mi izquierda. Menos mal que era maja...) y deseo con todas mis fuerzas llegar a tierra pronto. A poder ser mediante un aterrizaje.

Yo es que es sentarme, tener esta visión, y ya, ya la tenemos.
En mi último viaje a Sri Lanka, hace unos meses, me topé con una azafata que se paró a hablar conmigo (supongo que me vio la cara de asustado y cansado a la vez). Me dijo que iba a disfrutar mucho del país, y que todo iría muy bien. En unas turbulencias, se acercó y me regaló "algo"... No recuerdo bien qué fue, pero sé que se acercó a mí para que me encontrase mejor. Aprovechó para decir que esa compañía aérea era de las mejores, y que podía llamarla para cualquier cosa que necesitase. Le pedí una cerveza, por cierto; le dije que para ver si me achispaba un poco. Accedió y le hizo gracia la idea. Le haría gracia, pero vamos, era la verdad. Cuando pasaba por mi lado me sonreía y aquello me tranquilizaba. Después, todo fue diferente. Me calmé. Incluso disfruté del vuelo. Cuando regresé a España me gustó la idea de volver a viajar con ellos y deseé volverme a cruzar con aquella azafata.

Supongo que ya sabéis por dónde van los tiros, ¿verdad? Imaginad alguna fobia que tengáis, los elementos que la atenúan... Y ahora imaginad que en lugar de una fobia fuera una situación de riesgo real, como una enfermedad grave.
Las enfermeras y los enfermeros deberíamos ser la parte más humana del sistema sanitario. Y esto, amigos... ¿Qué significa?
RAE: HUMANIZAR es la acción de hacer humano, familiar y afable a alguien o algo.
Pues mira, por fin estoy de acuerdo con la RAE en una de sus definiciones.

Lo que se ha puesto ahora tan de moda, en mi opinión, surge de una evidente carencia manifiesta. Y es una lástima, la verdad, ya que demasiado hostil es ya el entorno sanitario como para encima aguantar a gente des-humanizada hasta el punto de que sea tan descarado que la humanización en la Sanidad se ha convertido en un objetivo prioritario para 2017 en Madrid.

Un gesto tuyo puede suponer (y supondrá) la diferencia.
Debería ser algo tan básico como respirar.
Yo me imagino accediendo a mi avión, muerto del asco, rodeado de un personal borde y desagradable, diciéndome: "Eh, tú, adónde vas, mete eso en el medidor de maletas primero", o "¿no se da cuenta de que eso no lo puede llevar en el equipaje de mano?". Por el amor de Dios, ¿tanto nos cuesta? ¿En serio? Vale. Estoy de acuerdo en que la plantilla es escasa y el cupo de pacientes exagerado, y que eso nos lleva a no tener tanta calidad en nuestra asistencia, pero... ¿Nos excusa eso para obviar lo BÁSICO? ¿Lo ESENCIAL (como dice mi amigo Rafa López)? ¿Cuánto nos quita cogerle la mano a un paciente que está sufriendo impotente mientras le preguntamos qué tal está? ¿Nos roba una eternidad sonreírle al entrar en la habitación? ¿Medio turno es lo que tardamos en tocarle el hombro a la hija de Juan, quien se muere, mientras nos pregunta que cuánto creemos que durará su agonía?
Cuántas veces nos han dicho lo de la "esfera biopsicosocial". Desgranar esta palabra y ceñirnos sólo a una de esas tres dimensiones, nos lleva a la des-humanización.

Bueno, miento. Puede que sea un poco radical (mi madre dice que soy un radical). Sé que la humanización en algunos servicios especiales está en auge en base a las experiencias negativas que los pacientes han manifestado tras su paso por allí, como en la UCI, porque realmente creíamos que ciertas medidas eran absolutamente necesarias. Y después hay gente muy innovadora que ha investigado y ha visto que ser humano es lo más terapéutico y lógico. Lo que me lleva, por cierto, a reflexionar acerca del inmenso poder que tienen las gerencias y las direcciones a la hora de cambiar las cosas tras escuchar de forma activa al personal asistencial y a los pacientes. ¿Creéis que vuestros líderes os escuchan cuando les planteáis vuestras mejoras en Humanización? O, quejas aparte, ¿las planteamos nosotros o sólo pataleamos? O peor aún... ¿Siquiera le damos una ínfima importancia a mejorar y nos quedamos en el es que esto se ha hecho siempre así? ¿Queremos cambiar las cosas cuando vemos la carencia?

Aquella azafata se comportó de una forma muy humana conmigo y cambió mis inquietudes. Realmente no tenía por qué hacerlo: yo era uno más entre doscientos. ¿Cuántas veces nos hemos puesto en el lugar del que está en la cama, esperando en la Urgencia, o del familiar que espera ansioso noticias e información de aquel a quien quiere y se está muriendo? ¿Cómo nos sentaría que en un banco se dirigieran a nosotros como "el del crédito", "el de las gafas", o "al que van a embargar"? ¿Cómo te sientes cuando vas a la Administración y un funcionario, impertérrito, ni siquiera te saluda o te mira?
¿...Cuántas veces hemos dicho delante de un paciente o su familiar aquello de "el de la 402", "el clavo gamma" o "la prótesis de la 203"?

Que tus acciones vayan afinadas con el corazón. Empatiza.
En muchas ocasiones nos olvidamos del poder de las palabras, que, como decía una canción, "hasta dioses pueden matar". Así como los pequeños gestos, con un poder tremendo, nos enseñan una y otra vez que lo esencial está en lo simple. En los detalles. Una caricia y una sonrisa pueden romper la monotonía de aquel que más lo necesita de manera drástica. Es por ello, por ejemplo, que en nuestro Proceso de Atención de Enfermería existe una intervención reflejada en la NIC que se llama "Presencia", esencial en la relación de cuidados, y definida como la aplicación del arte de la enfermería, en la que, más que el hecho de estar físicamente, somos capaces de empatizar, escuchar, reflexionar y observar, estar con el paciente en el momento y no en otro sitio.

Qué de acuerdo estoy con Rafa cuando dijo en aquel Webinar: "Somos humanos cuidando de humanos".
De qué se acuerdan después. De lo humano, de los gestos, de las sonrisas.

Pablo Posse, en una Conferencia sobre Humanización en la atención integral a las personas mayores del Centro de Humanización de la Salud de los Religiosos Camilos, hizo referencia a algunos factores que podían llevarnos a la des-humanización:

1. La tecnología: el peligro de la cosificación del enfermo. La técnica humaniza.
 
2. El complejo mundo sanitario: la masificación y la despersonalización.

3. La súper-especialización.

4. El trabajo de los profesionales sanitarios: falta de valores y de vocación personales. Salarios ínfimos o escasez de higiene laboral.

5. Los criterios mercantilistas: el negocio de la sanidad y el mundo privado.

6. La negación del sufrimiento: enfermedad y muerte como tabú. Por lo tanto, mal manejo. El espejismo de la eterna salud y el triunfismo. Y eso nos afecta a todos: a los profesionales, a los pacientes y a los familiares.

Santiago de Quiroga, presidente editor de Gaceta Médica, dice que "la realidad es que la medicina bien ejercida es humana en sí misma, ya que reúne las virtudes del conocimiento y la sensibilidad requeridas para atender a los pacientes". Intentemos que estas afirmaciones básicas sean reales. Acordémonos de por qué nos hicimos enfermer@s, como nos invitó a reflexionar hace unas semanas David Fernández, el EnferDocente.

Y para muestra un botón: en Jaén hicimos un juramento la mar de chulo el día que nos graduamos... ¿Nos alejamos de ello en ocasiones?:

  • Emplearé mis conocimientos para hacer la salud de la sociedad el objetivo prioritario de mi trabajo.
  • No permitiré que ningún prejuicio de religión, etnia, ideología política, nivel social, enfermedad u otra condición se interponga en el cumplimiento de mi deber.
  • Emplearé mis conocimientos para hacer la salud de la sociedad el objetivo prioritario de mi trabajo.
  • No permitiré que ningún prejuicio de religión, etnia, ideología política, nivel social, enfermedad u otra condición se interponga en el cumplimiento de mi deber.
  • Respetaré los secretos que me fueron confiados, y todo aquello que a consecuencia de mi profesión pudiera haber conocido y no deba ser revelado.
  • Trabajaré en equipo con mis colegas del área de la salud y no formularé a la ligera juicios que pudieran lesionar su honorabilidad y prestigio.
  • Aplicaré el método científico en mi praxis, instruiré con generosidad y paciencia a los aspirantes a mi profesión y siempre apoyaré el progreso de la ciencia enfermera
  • Guardaré el máximo respeto a la vida y dignidad humana, en ningún momento perderé la calidez en el trato a mis pacientes y no realizaré acciones que contraríen las leyes universales del hombre.
  • Velaré porque mis pacientes no sean víctimas de iatrogenia alguna de mi parte u otro miembro del equipo de salud.
  • Mantendré mis conocimientos actualizados para ejercer la profesión con dignidad, seguridad y eficiencia.
Os dejo un vídeo de un fragmento de "Con C Mayúscula". No tiene desperdicio.
Un abrazo enorme a todos, ¡y a vivir la vida con amor, Nightingales!



"Mírame. Diferénciate. Humanízate".

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