Algo en el tintero

Los días pasan en la unidad de Cuidados Paliativos y, aunque la decoración navideña que con esmero habíamos colgado por cada rincón hacía más cálidos los pasillos del hospital, todo parecía indicar que hoy sería una tarde más.

Pero no, para nada lo sería.

Sentado en el ordenador del estar de Enfermería el sonido de las teclas se mezclaban con las risas de mis compañeras que, entusiasmadas, conversaban acerca de sus planes para los días de vacaciones que estaban por llegar.

Una silueta llamó mi atención por el rabillo del ojo. Me giré y vi a en el umbral de la puerta a una mujer de mediana edad. Llevaba el pelo corto y las gafas de sol puestas, a pesar de que el día estaba nublado y nos encontrábamos en el interior de un edificio. Tardé sólo tres segundos en reconocerla: hacía dos meses que no la veía.

Venía todo el camino pensando: "ojalá esté" soltó con sus primeras palabras.
—¿María? —respondí.

Tres meses atrás, quizá a esa misma hora, entraba en la habitación de María y de su marido, Pedro, con la intención de conocer al paciente y de pasarle el test de Pfeiffer... Menuda pelotera se cogió.
Tras responderme al saludo de forma educada y comenzar el cuestionario, se deshizo en refunfuños a la segunda pregunta.

—La hostia, ¿cuántas puñeteras veces me vais a preguntar que qué día es hoy? En el otro sitio igual, toooodas las semanas lo mismo. Luego me vas a preguntar por el presidente del gobierno y por el teléfono de mi madre, ¿a que sí? O su apellido, ¡yo qué sé! Joder, si esto sirve para ver si estoy loco, te aseguro que como sigáis así me voy a volver majara, sí, pero por vosotros.
—¡Pedro! —exclamaba entonces su mujer, conciliadora—. Qué refunfuñón eres. Respóndele y ya está —después se giró hacia mí—. Discúlpale, Javi. Te llamas Javi, ¿no? Es que ya se lo han preguntado muchas veces.
Recuerdo que me reí de forma repentina.
—Pues se acabaron los tests —guardé la carpeta—. Pero no se lo digas a mi jefa. ¿De qué quieres que hablemos?
—¿Tienes esposa? —preguntó Pedro.
—La leche...

Los días pasaron y mis visitas a María y a Pedro se limitaban a hablar de lugares del mundo, chistes picantones o a criticar a sus hijos porque eran muy calzonazos. Su afición por el dibujo en Photoshop nos unió aún más. Yo le enseñaba fotos de mis viajes o mis dibujos manga y él... Bueno, él los criticaba sobre todo.
—Siempre me preguntas cosas sobre mi vida pero tú no me cuentas nada —le dije un día, delante de su mujer.
—Ay, es que mi marido es muy reservado. Le encanta indagar, pero nunca descubre sus sentimientos —respondió ella.
—¡Mariconadas! ¿Pretendéis cambiarme ahora que el cuerpo me pide tierra?
—¡Qué cosas dices, Pedro! —exclamó su mujer con una sonrisa.


Pedro sabía que se moría. Pero vivía como si no se hubiera dejado nada en el tintero. Presumía de una vida plena. De una familia que le quería. De una cabeza bien amueblada. Pero se equivocaba. Algo se dejaba.

Al mes de ingresar Pedro empeoró y dejó de levantarse. No me hizo falta el Pfeiffer para darme cuenta de que su deterioro era evidente... Y me marché. Me fui de vacaciones dos semanas.

Cuando regresé Pedro ya no estaba en la habitación.

Pregunté, y me enteré de que había fallecido rodeado de los suyos y de una forma muy tranquila. Era uno de esos pacientes cuyos síntomas eran fáciles de tratar, pues tanto él como su familia confiaban en nosotros y en nuestros cuidados.

—Creí que iba a ser más fácil volver a estos pasillos, la verdad. Ahora me estoy derrumbando. Los recuerdos me inundan —dijo María cuando ya nos habíamos quedado a solas, a las puertas de los ascensores—. ¿Qué tal te lo pasaste en Japón? —se enjugó una lágrima fugitiva.
—Muy bien —respondí con las palabras apelotonadas—. No te agobies. Date tu tiempo. Debe haber sido duro venir hasta aquí; aunque nos alegramos muchísimo de verte.
—¿Te acuerdas que decías que él era muy reservado?
—Ajá.
Pues conmigo no lo era. Y a mí sí me dijo que tú para él fuiste especial.

Y entonces todo cambió.
Recordé por qué estaba allí.
Recordé que yo no era inmune a la tristeza, ni a mi relación personal con mis pacientes y sus familiares.
Y aquello me encantó.
Brotaron en mí unas ganas inmensas de llorar. Ni siquiera sé cuándo fue la última vez que sentí ese sentimiento tan agudo de emoción.
Y eché de menos a Pedro. De repente. Lo eché de menos mucho.


No, Pedro. Te dejaste aquello en el tintero. Aquellas palabras me trajeron de vuelta. Me salvaron de mi rutina. Me devolvieron mi vocación. Iluminaron mis recuerdos. Si hubiera sabido aquello antes, te habría dado el sermón de lo importante que es decir a tu gente "te quiero", "me haces falta", "me importas"... "has sido especial para mí".

Abracé a María y nos despedimos. Le di las gracias, de corazón, por haber venido.
Y la emoción dio paso a la alegría más inmensa.
Sin duda, el mejor regalo de navidad que pude tener.

Porque yo fui especial para ti cerca de tu muerte.
Y saberlo me insufló aún más vida.

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