Morir en paz

La sala de espera en Urgencias estaba llena de gente mayor, la mayoría superaba los 80 años. ¡Y llevaban horas y horas esperando! Es la tercera vez en dos meses que paso por esta situación y siempre es igual. Es indignante. Con tanto recorte nos van a matar.

Aquella mujer relataba ofendida cómo su padre de 93 años había tenido que esperar en un pasillo, metido en una cama, hasta que por fin le habían dado habitación en nuestro hospital.

Pensaba que se me quedaría en la ambulancia de camino a aquí continuaba, ofuscada. Cuando me dijeron que se tenía que trasladar a otro hospital se me cayó el mundo encima, ¡con lo mal que estaba!

Manolo, el nonagenario en cuestión, nos observaba en apariencia con los ojos entrecerrados desde la cama. En realidad llevaba con la mirada perdida más de tres años, y su rostro sereno contrarrestaba bastante con el terrible sufrimiento que su hija me describía que su padre padecía.

¿Por qué le llevó al hospital? ¿Qué le vio en casa? pregunté mientras le colocaba con cuidado el compresor de goma alrededor del brazo.

—Lo noté muy débil. Había perdido toda la fuerza relató. Se iba para un lado en el sillón y no respondía a ningún estímulo. Lo llevé corriendo a Urgencias porque me asusté mucho. Ay, fíjate cómo tiene los brazos ya de tanto pinchazo la hija se acercó y señaló los hematomas de las anteriores punciones. Pobre mío.

Antiguamente, las personas mayores que vivían en sus casas se iban apagando, hasta que un día morían en su lecho sin más, acompañados de los suyos.
La cultura actual nos ha llevado a temer a la muerte, a convertirla en un tabú y a no asumir cuán inevitable y también necesaria es, pasando por encima del derecho a morir con dignidad y sin sufrimiento.

En situaciones como aquélla he de reconocer que me cuesta mucho recuperar mi empatía, algo que siempre he pensado que se me daba bien. Pero no.
Tras ingresar, a Manolo le esperaban muchos pinchazos como aquél, entre analíticas y vías periféricas que alterarían su dulce mirada perdida en un gesto de dolor y, a la larga, de depresión.  Asumió muchas dosis de antibiótico para su infección de orina, idas y venidas a radiología y un sondaje vesical nada cómodo. ¿Y por qué digo lo de la empatía? Porque aquella mujer era una hija asustada de perder a su padre. El miedo a la culpa, a no haber hecho lo insufriblemente suficiente por él antes de morir, a no darle de comer lo suficiente "porque quien no come se muere", y el miedo a reconocer que el adiós definitivo se acerca, la llevaron a ingresar a Manolo hasta tres veces. Podría haber muerto la primera vez, pero lo hizo dos semanas después de ingresar la tercera, cuando tras reanimar de forma artificial su corazón con fármacos hasta decir basta, su cuerpo dijo "ya no puedo más".

La Enfermería, como la vida, está repleta de experiencias que nos hacen descubrir en nosotros facetas y puntos débiles que no conocíamos. Esta vez no me vi nada empático, molesto incluso, y no supe ver el miedo en la actitud de aquella mujer.

¿Y vosotros? ¿Cuándo os habéis visto en una situación así?
¿Que opináis del derecho a morir dignamente? 

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